Chablekal, Mérida, Yucatán, a
6 de agosto de 2010
C. Angélica
Araujo Lara
Presidenta
Municipal de Mérida
CC Regidores y
regidoras
del Cabildo de la
ciudad de Mérida
El equipo de
Derechos Humanos Indignación es una organización que promueve y defiende los
Derechos Humanos en la península de Yucatán desde 1991. Nos dirigimos a ustedes
para aportar una reflexión, precisamente desde el ámbito de nuestro trabajo, al
debate que se ha generado a raíz de la reciente instalación de un monumento a
los Montejo en la principal avenida de esta ciudad.
Desde la
perspectiva del derecho internacional de los derechos humanos, el
establecimiento de monumentos tiene como objetivo recordar y honrar a quienes
han sido víctimas de graves violaciones a los derechos humanos.
Las sentencias que han emitido Tribunales Internacionales como la Corte
Interamericana de Derechos Humanos, han ordenado a los Estados señalados como
responsables de violar derechos humanos el establecimiento de efigies o parques
para recordar a las víctimas.
Las recientes
sentencias emitidas por violaciones cometidas por el Estado mexicano relativas a
los casos Rosendo Radilla y Campo Algodonero no han sido la excepción, y
establecen lineamientos para conmemorar a quienes han sufrido los abusos y
omisiones del poder pues, a criterio de la Corte, hay que recordar para
prevenir, pero también hay que recordar para detener. Son esos lineamientos los
que deberían seguirse y no aquellos que hacen apología del abuso del
poder.
Consideramos que
las ciudades, su semiótica, sus expresiones, con sentido de responsabilidad
histórica, deben contribuir a honrar la memoria de quienes han sufrido actos de
barbarie y deben evitar realizar propaganda a favor de actos racistas,
discriminatorios o a honrar la memoria de quienes los cometieron.
En los años
recientes en ciudades de Alemania se han levantado monumentos a las víctimas del
holocausto, mientras que en ciudades de Argentina se han levantado monumentos a
las madres de la Plaza de Mayo; en la capital de El Salvador un monumento honra
la memoria de las víctimas de la guerra civil. España tiene una ley de memoria
histórica y una parte de esa ley regula precisamente los monumentos y símbolos
para prohibir que ensalcen el horror.
Las estatuas de
los Montejo, instaladas en esta ciudad sorpresivamente, sin información y sin
consulta, constituyen un monumento que honra a quienes invadieron estas tierras
hace quinientos años y cometieron crímenes que hoy serían catalogados como de
lesa humanidad: genocidio y etnocidio contra el pueblo maya
peninsular.
El racismo y la
discriminación que hoy enfrenta el pueblo maya, que significa también despojo
e impide el acceso al disfrute pleno de los derechos, tiene
profundas raíces históricas que se remontan a la época de la invasión española y
a los posteriores proceso históricos: sometimiento, intentos de exterminio,
esclavitud, colonización. Esos hechos históricos no deben ser exaltados ni
ocultados.
Esos brutales
acontecimientos fueron de tal magnitud que hasta hoy Yucatán, como México y
América Latina, continúa enfrentando las consecuencias del despojo, el racismo y
la discriminación que generaron y que se reflejan también en los altos índices
de marginación, pobreza, inacceso a la justicia y discriminación que vive el
pueblo maya en la península.
Ni siquiera
importantes procesos sociales como la Independencia y la Revolución, que
precisamente se recuerdan en este 2010 por la fuerza simbólica del centenario y
el bicentenario, han resuelto la asimétrica relación que desde entonces lesiona
los derechos de los pueblos originarios.
De hecho nuestro
país se constituyó sin considerar a los pueblos indígenas hasta que en el año
1992 la Carta Magna admitió que la nación mexicana es pluricultural, sustentada
originalmente en los pueblos indígenas. En 1996 se firmaron los Acuerdos de San
Andrés, en el marco de las negociaciones de paz entre el Gobierno Federal y el
Ejército Zapatista, para reconocer los derechos de los pueblos indígenas; en el
año 2001 se traicionaron dichos acuerdos con una contrareforma. Yucatán apenas
hace tres años reconoció en su Constitución la existencia del pueblo
maya.
Las estatuas a los
Montejo no contribuyen a conocer la historia sino a desvirtuarla y ocultan la
barbarie al homenajear a los responsables de un doloroso proceso de exterminio y
posterior sometimiento de un pueblo cuyas impresionantes manifestaciones
culturales, religiosas artísticas y científicas fueron brutalmente atacadas y en
gran parte destruidas.
Resulta deplorable
que, mientras en diversos lugares de América --y México no es la excepción--,
avanza la lucha de los pueblos originarios por la autonomía y por el
reconocimiento pleno de sus derechos, la ciudad de Mérida levante un monumento
para homenajear a quienes, hace quinientos años, llegaron a estas tierras a
despojar, destruir y esclavizar. ¿O es quizá la anacrónica instalación de esa
estatua una respuesta a la actual lucha de los pueblos indígenas?
La lucha de los
pueblos originarios por su autonomía ha significado una reconceptualización de
los Estados mismos, la mayoría de los cuales se constituyó, precisamente como
resultado de la invasión y del sometimiento y esclavización de los pueblos
indígenas, bajo una mentalidad racista que los excluyó tanto en las leyes como
en los hechos y los hizo extranjeros en su propia tierra.
Sabemos que la
estatua en comento no fue un acto proveniente de la actual administración
municipal, pero ésta está obligada, en el marco de sus atribuciones y
competencias, a realizar todas aquellas acciones que hagan efectivo el derecho a
no ser discriminado por ningún motivo, así como a fomentar el respeto a los
derechos humanos en general.
Mantener la efigie
exhibiría nula sensibilidad y desinterés hacia los principios generales de los
derechos fundamentales, pero también implicaría perpetuar un agravio, no sólo
para los mayas que habitan en la ciudad, en sus comisarías y en el estado, sino
también para quienes, siendo mayas o mestizos, consideramos que ningún abuso del
poder debe ser motivo de homenaje.
Por lo
anteriormente expuesto, y con fundamento en lo establecido en el artículo 8°
constitucional, solicitamos:
PRIMERO. Acordar y
ejecutar el retiro de las estatuas de Francisco de Montejo, padre e hijo, de la
principal avenida de esta ciudad de Mérida.
SEGUNDO. Iniciar
un proceso de revisión para que se garantice que las calles, colonias,
fraccionamientos y monumentos de la ciudad de Mérida no exalten situaciones o
personajes que representen cualquier tipo de abuso de poder o violación a los
derechos humanos y sí expresen la diversidad cultural que nos
constituye.