El desconcierto y la indignación de Colombia ante la actitud de la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt Pulecio, en estos días no tienen comparación. Las demandas interpuestas por quien también goza de nacionalidad francesa y su familia, parecen haberle hecho recobrar al país la memoria que perdió ante el asombro de la perfección que dejó la "Operación Jaque".
Hace dos años, el 2 de julio de 2008, Ingrid Betancourt, fue liberada del poder de las FARC, en una operación estratégica, realizada por las Fuerzas Militares de ese país suramericano. En esa ocasión, junto a ella, fueron rescatados también, tres contratistas estadounidenses y 11 miembros de la fuerza pública.
Ese día no sólo recobraron la libertad quienes habían permanecido en cautiverio durante tantos años, sino que en el caso especifico de Betancourt, apareció en los medios de comunicación de todo el mundo como una víctima más de la inseguridad que se vive en Colombia y de la ingobernabilidad a la que en el momento de su secuestro estaba expuesto San Vicente del Caguán, más conocido como zona de distención.
Una jornada memorable para el país - incluso se hicieron documentales, libros y hasta un proyecto de película sobre la exitosa operación-, la mayoría de colombianos dejó de lado los verdaderos motivos del secuestro de la ex candidata, para pasar a la euforia y sumarse a los logros del gobierno y por supuesto a la felicidad de los liberados y sus familias.
Hoy los hechos tienen una perspectiva diferente, la ex secuestrada y sus familiares, le piden al Estado colombiano una indemnización de casi 6 mil millones de dólares, por los perjuicios morales y materiales que vivieron durante el secuestro.
Las opiniones no se han hecho esperar desde que el Ministerio de Defensa dio a conocer las dos solicitudes de conciliación extrajudicial, una presentada por Ingrid Betancourt y la otra por Yolanda Pulecio y los hijos de la ex candidata. En ambas demandas se alega que el Estado no prestó la seguridad debida para que ella y su comitiva se trasladaran a la Zona de despeje.
El gobierno colombiano, afirmó que de ninguna manera llegará a una conciliación con Betancourt, ya que sus peticiones carecen de fundamento si se tiene en cuenta que ella desatendió todas las advertencias del gobierno y recomendaciones de las autoridades de no proseguir en su viaje. El Vicepresidente Francisco Santos señaló que se le debería dar un premio a la ingratitud y la desfachatez.
Por su parte los ciudadanos quienes ya le cambiaron el nombre por Ingratitud Betancourt, afirman que no es justo que le tengan que pagar su imprudencia y su codicia política, que por el contrario deberían de cobrarle a ella el costo político y militar del operativo que la sacó del secuestro que ella misma provocó.
Y mientras esperamos a ver como se desencadena esta situación, sin quitar de lado el sufrimiento y el horror que traen consigo un plagio, deberíamos escribir la crónica de un secuestro anunciado, tal vez venda más que el libro que en estos días está por sacar a la venta esta honorable ciudadana francesa.
Afortunadamente no existe tribunal internacional en el mundo que pueda otorgarle la razón en base al llamado "Derecho de gentes", y del fuero interno mejor ni hablamos, por mayoría de razón en todas las guerras se pueden invocar regímenes de excepción como es el caso de la zona controlada por las FARC y las propias acciones de la guerrilla.
Lo peor de este asunto es que Betancourt comienza a actuar igual que los trasnochados críticos de la operación que le devolvió la libertad ¿Ambición política? ¿Económica? ¿Síndrome de Estocolmo? ¿Locura? O tal vez exceso de mala leche. Sea cual fuere la causa, Ingrid debería tratarla con su psiquiatra, miren que en París hay muchos y muy buenos...