Como concepto llegado a México a fines de los ochenta, los sitios de
desnudismo vivieron su climax en la última década del siglo pasado. Hoy, al
menos en la capital del país, se baten en su propia inmundicia y el abuso, su
filosofía financiera, es el bumerán que los desnuda en una crisis
permanente.
En todo el mundo y en diversas épocas han existido formas y ritmos para que
la mujer explote su sensualidad. Pero la encargada de patentar el modelo pole
dancing, lap dancing o table dance fue una empresa canadiense que lo exportó a
todo el orbe, incluidos Estados Unidos (en donde existían encomiables intentos
desde los cincuenta: el vaudeville, hoochie coochie o danza del vientre), Reino
Unido, Europa, Australia, Rusia y, por supuesto, México. Por lo mismo es falaz
asegurar que las actuales pistas de encueramiento sean una herencia de nuestros
legendarios bules o cabaretes donde laboraban las entrañables ficheras.
Para
ser más exactos, la llegada de los teibols acabó con los teatros de revista
donde al ritmno de "¡pelos!", "¡pelos", las bailarinas se desnudaban o incluso
podían ser tocadas frente a la manada jariosa, pero además significó el cierre
de muchos centros nocturnos con orquesta en vivo y chicas alegres dispuestas a
bailar de a cartoncito de cerveza. Aquellos fueron tumba, no la versión
corregida y mejorada de los segundos.
Los noventa resultaron ser los años
maravillosos para la industria y en México prácticamente en todos los estados de
la República se instaló esta clase de locales con pista de cristal y tubo de
aluminio a prueba de los más atrevidos y eróticos actos circenses. Los bailes
privados y la prostitución abierta fueron responsabilidad de cada empresa y
significaron los primeros choques con la ley.
El impacto y la demanda fueron
tan desmesurados, que las autoridades incluso se pusieron flojitas y cooperaron
en la expansión de las franquicias, recibiendo los favores de los
seudoempresarios que a su vez pudieron operar a sus anchas, pisoteando las
normas de protección al consumidor, de paso los reglamentos locales y, por qué
chingados no, los de migración. Sin embargo, ¿quién podía quejarse de que en
esos sitios hicieran la delicia de los adictos streappers llegadas de países
exóticos como Hungría, Rusia, República Checa, pero también hermanas más
cercanas venidas de Argentina, Venezuela, Panamá o República Dominicana. Ser
teibolero fue una moda en los noventa y quien lograba obtener los favores
sexuales de las damiselas era elevado a la categoría de héroe nacional.
En
aquella época dorada y de explosión, del mismo modo ningún cliente objetaba la
tremenda inflación reflejada en las cartas teiboleras, tampoco le hacían el feo
a las bebidas adulteradas y se tragaban el gangsteril trato que pretendía
quitarle hasta el último centavo. Dentro de un table uno es un tipo mandilón y
maleable que dice si a todo mientras se regodea con el espectáculo de las nalgas
al aire a ritmo de rockanrol. Y más te vale no hacerte el tio rudo.
Por
alguna extraña razón (que nos lleva a ser una de las ciudades en el mundo con
los precios más caros para entradas a conciertos de rock), fue en el Distrito
Federal donde las cifras más se elevaron. En otras ciudades del interior de la
República en donde se explotaba y explota más el talento local (pongo como
ejemplos Guadalajara y Monterrey), y pese a que cualquiera sabe que al table se
va a gastar buen billete, nunca tuvieron necesidad de recurrir al abuso como
modus operandi. En el DF, esta misma noche abren tables que tazan una simple
cuba en 250 pesos (¡más 15% del "servicio"!), misma cantidad a palmar si uno
desea conceder un trago a su dama de compañía. En la capital de Jalisco, donde
las mujeres no se caen, sino que se levantan de tan buenas, los precios son tan
populares que uno puede asistir a la visita de los siete teibols y no acabar
desfalcado. Y aun bailan chicas que de verdad roban el aliento.
El último baile
Actualmente visitar un téibol en la capital del país es
una experiencia amarga y frustrante. Sin recursos para el mantenimiento
adecuado, los locales se caen de mugre y el gran público ejecutivo que dio
sustento al bisne ahora brilla por su ausencia. Las extranjeras huyeron del país
y el peso de mantener el espectáculo ahora recae en rechonchas primas venidas de
la periferia de la ciudad a las que les queda enorme la encomienda.
Sin
entender la dimensión de la crisis, las empresas continúan con su política de
cobros excesivos para alcoholes de dudosa procedencia. A esa calamidad, súmele
la falta de imaginación de los mánagers que no han podido darle vuelta de tuerca
a la fórmula de presentar una bailarina a la vez bajo la impostada voz del
locutor padrote. Y lo que es peor, la rutina de las reinas está tan vista que ya
no asusta ni a los meseros, sus perpetuos enamorados.
Tan triste panorama
puede ser comprobado al visitar unos cuántos de estos locales, antes impregnados
de glamour, finas esencias y mujeres de ensueño.
Uno de los más famosos,
considerado de nivel medio y ubicado en la calle Florencia en la Zona Rosa, se
erige como el ejemplo más claro de la decadencia del gramio. Ninguna bailarina
es digna de dirigirle la mirada, y en las mismas butacas antes distinguidos
clientes VIP compartieron whisky escocés, ahora conviven cuatro con facha de
viene-viene que beben cerveza clara. No obstante la obviedad de su pranganes, la
desesperada gerencia les envía a cuatro humilladas leidis que obvio, no logran
sacarle a los vagos ni siqjuiera un boleto del metro.
En otro congal, ex
cabaret que se adaptó a los teiboleros tiempos, ubicado sobre el Eje Central
Lázaro Cárdenas, el cinismo y extravío de los encargados llega a niveles
apocalípticos. Entre baile y baile, y sin importar la tortura a la que someten a
su clientela, dejan correr los éxitos de Roberto Carlos, el más antierótico de
los viejos románticos. Aunque eso sí, no perdonan las tarifas a la altura de una
gran capital, pese a ser una pista de clase y colonia popular.
A veinte años
de su erótica explosión, tras ser sometidos a infinidad de reportajes, estudios
sociológicos y análisis filosóficos, el téibol se halla frente a un dique
poderoso que puede definir su existencia. Si logra evadir al destino que ya lo
alcanzó; si se sacuden las telarañas conceptuales y mejoran su oferta tarifaria
con un elenco mejorado, puede que vuelvan a rescatar un poquito de la gloria
perdida.
Si no, es mejor que volvamos a los tiempos del burlesque y el
cabaret.