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BAJO SU PROPIO RIESGO.- Esplendor y decadencia teibolera

Por: JUAN ALBERTO VÁZQUEZ
Domingo, 01/Agosto/2010

Como concepto llegado a México a fines de los ochenta, los sitios de desnudismo vivieron su climax en la última década del siglo pasado. Hoy, al menos en la capital del país, se baten en su propia inmundicia y el abuso, su filosofía financiera, es el bumerán que los desnuda en una crisis permanente.

En todo el mundo y en diversas épocas han existido formas y ritmos para que la mujer explote su sensualidad. Pero la encargada de patentar el modelo pole dancing, lap dancing o table dance fue una empresa canadiense que lo exportó a todo el orbe, incluidos Estados Unidos (en donde existían encomiables intentos desde los cincuenta: el vaudeville, hoochie coochie o danza del vientre), Reino Unido, Europa, Australia, Rusia y, por supuesto, México. Por lo mismo es falaz asegurar que las actuales pistas de encueramiento sean una herencia de nuestros legendarios bules o cabaretes donde laboraban las entrañables ficheras.

Para ser más exactos, la llegada de los teibols acabó con los teatros de revista donde al ritmno de "¡pelos!", "¡pelos", las bailarinas se desnudaban o incluso podían ser tocadas frente a la manada jariosa, pero además significó el cierre de muchos centros nocturnos con orquesta en vivo y chicas alegres dispuestas a bailar de a cartoncito de cerveza. Aquellos fueron tumba, no la versión corregida y mejorada de los segundos.

Los noventa resultaron ser los años maravillosos para la industria y en México prácticamente en todos los estados de la República se instaló esta clase de locales con pista de cristal y tubo de aluminio a prueba de los más atrevidos y eróticos actos circenses. Los bailes privados y la prostitución abierta fueron responsabilidad de cada empresa y significaron los primeros choques con la ley.

El impacto y la demanda fueron tan desmesurados, que las autoridades incluso se pusieron flojitas y cooperaron en la expansión de las franquicias, recibiendo los favores de los seudoempresarios que a su vez pudieron operar a sus anchas, pisoteando las normas de protección al consumidor, de paso los reglamentos locales y, por qué chingados no, los de migración. Sin embargo, ¿quién podía quejarse de que en esos sitios hicieran la delicia de los adictos streappers llegadas de países exóticos como Hungría, Rusia, República Checa, pero también hermanas más cercanas venidas de Argentina, Venezuela, Panamá o República Dominicana. Ser teibolero fue una moda en los noventa y quien lograba obtener los favores sexuales de las damiselas era elevado a la categoría de héroe nacional.

En aquella época dorada y de explosión, del mismo modo ningún cliente objetaba la tremenda inflación reflejada en las cartas teiboleras, tampoco le hacían el feo a las bebidas adulteradas y se tragaban el gangsteril trato que pretendía quitarle hasta el último centavo. Dentro de un table uno es un tipo mandilón y maleable que dice si a todo mientras se regodea con el espectáculo de las nalgas al aire a ritmo de rockanrol. Y más te vale no hacerte el tio rudo.

Por alguna extraña razón (que nos lleva a ser una de las ciudades en el mundo con los precios más caros para entradas a conciertos de rock), fue en el Distrito Federal donde las cifras más se elevaron. En otras ciudades del interior de la República en donde se explotaba y explota más el talento local (pongo como ejemplos Guadalajara y Monterrey), y pese a que cualquiera sabe que al table se va a gastar buen billete, nunca tuvieron necesidad de recurrir al abuso como modus operandi. En el DF, esta misma noche abren tables que tazan una simple cuba en 250 pesos (¡más 15% del "servicio"!), misma cantidad a palmar si uno desea conceder un trago a su dama de compañía. En la capital de Jalisco, donde las mujeres no se caen, sino que se levantan de tan buenas, los precios son tan populares que uno puede asistir a la visita de los siete teibols y no acabar desfalcado. Y aun bailan chicas que de verdad roban el aliento.

El último baile

Actualmente visitar un téibol en la capital del país es una experiencia amarga y frustrante. Sin recursos para el mantenimiento adecuado, los locales se caen de mugre y el gran público ejecutivo que dio sustento al bisne ahora brilla por su ausencia. Las extranjeras huyeron del país y el peso de mantener el espectáculo ahora recae en rechonchas primas venidas de la periferia de la ciudad a las que les queda enorme la encomienda.

Sin entender la dimensión de la crisis, las empresas continúan con su política de cobros excesivos para alcoholes de dudosa procedencia. A esa calamidad, súmele la falta de imaginación de los mánagers que no han podido darle vuelta de tuerca a la fórmula de presentar una bailarina a la vez bajo la impostada voz del locutor padrote. Y lo que es peor, la rutina de las reinas está tan vista que ya no asusta ni a los meseros, sus perpetuos enamorados.

Tan triste panorama puede ser comprobado al visitar unos cuántos de estos locales, antes impregnados de glamour, finas esencias y mujeres de ensueño.

Uno de los más famosos, considerado de nivel medio y ubicado en la calle Florencia en la Zona Rosa, se erige como el ejemplo más claro de la decadencia del gramio. Ninguna bailarina es digna de dirigirle la mirada, y en las mismas butacas antes distinguidos clientes VIP compartieron whisky escocés, ahora conviven cuatro con facha de viene-viene que beben cerveza clara. No obstante la obviedad de su pranganes, la desesperada gerencia les envía a cuatro humilladas leidis que obvio, no logran sacarle a los vagos ni siqjuiera un boleto del metro.

En otro congal, ex cabaret que se adaptó a los teiboleros tiempos, ubicado sobre el Eje Central Lázaro Cárdenas, el cinismo y extravío de los encargados llega a niveles apocalípticos. Entre baile y baile, y sin importar la tortura a la que someten a su clientela, dejan correr los éxitos de Roberto Carlos, el más antierótico de los viejos románticos. Aunque eso sí, no perdonan las tarifas a la altura de una gran capital, pese a ser una pista de clase y colonia popular.

A veinte años de su erótica explosión, tras ser sometidos a infinidad de reportajes, estudios sociológicos y análisis filosóficos, el téibol se halla frente a un dique poderoso que puede definir su existencia. Si logra evadir al destino que ya lo alcanzó; si se sacuden las telarañas conceptuales y mejoran su oferta tarifaria con un elenco mejorado, puede que vuelvan a rescatar un poquito de la gloria perdida.

Si no, es mejor que volvamos a los tiempos del burlesque y el cabaret.


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