Este buen hombre quería repetir en una tercera ocasión como diputado federal al servicio de la patria pero una imposición de Maximino Ávila Camacho, el verdadero hermano incómodo de la nación, se lo impidió. Fue por eso que el oaxaqueño Meixueiro subió a la máxima tribuna de la nación sacó su pistola calibre 38 escuadra y ante la mirada atónita de los demás legisladores que se empeñaban en ignorarlo, se disparó.
Por lo mismo, el año de 1943 es uno de los años más recordados en la historia de la Cámara de Diputados. En ese periodo por primera vez el Congreso de la Unión (que antes se ubicaba en las instalaciones de la calle de Donceles que hoy albergan a la Asamblea de Representantes del Distrito Federal), albergaba a tres diputados que no pertenecían al Partido de la Revolución Mexicana, que cinco años antes (1938) se llamara Partido Nacional Revolucionario y tres después (1946) Partido Revolucionario Institucional.
La incursión de tres legisladores pertenecientes al, por entonces recién fundado PAN, constituyó un caso inédito en la historia legislativa mexicana. Por cierto, el primer legislador con siglas de otro partido distinto al tricolor fue Juan Gutiérrez Lascurain a quien se unieron Antonio L. Rodríguez y Francisco Chávez González. Ninguno de ellos se comportó como oposición, por cierto.
En aquella fatídica legislatura no existían términos como pluralismo, mayorías o minorías legislativa, concertacesión, diálogo interparlamentario, debates en lo oscurito, y demás parches de la democracia a la mexicana, a las que, en su primera oportunidad, apelan nuestros diputados supuestamente democráticos. Lo realidad la marcaba la contundente hegemonía del partido engendrado de la revolución.
El miércoles 18 de agosto de 1943 se suscitó la inolvidable sesión donde se discutían y calificaban las elecciones para seleccionar a los diputados federales que iniciarían el primero de septiembre los trabajos del Periodo Ordinario de sesiones de ese año. Ya un poco tarde, le llegó su turno al segundo distrito de Oaxaca donde el mencionado diputado Jorge Meixueiro reclamaba con todos los argumentos que le eran posibles, un triunfo que alegaba legítimo y no se cansaba de repetir que era "víctima de un fraude electoral". Imaginen que jocoso.
Unos años atrás, don Jorge no tuvo ningún rival en las otras dos incursiones que lo llevaron a representar a su distrito electoral. Y al parecer le gusto mucho al canijo que siempre lo llamaran, "señor diputado por aquí, señor diputado por allá". Sin embargo, cuando calculaba que su tercera temporada en la amada curul era cosa de trámite, un pequeño inconveniente se interpuso en su camino. Y ese fue un hombrecillo de apellido Neri, cuya única (pero gran) virtud era la de ser amigote y recomendado de Maximino, entonces Secretario de Comunicaciones y hermano incomodísimo del Presidente Manuel Ávila Camacho. El tal Neri también soñaba con las prebendas, dietas y ayudas extraordinarias de las que tanto gozó Meixueiro.
La sesión del día 18 transcurría en relativa calma aunque, desde una ignorada silla, preso de una depresión que lo llevaba a engendrar los más terribles monstruos, el diputado saliente ya había tomado la decisión. En su desesperación, y pese a que lo intentó, sabía que demostrar su triunfo ante el Colegio Electoral era una misión históricamente imposible (en ese entonces más) además de prácticamente inútil pues entendía lo remoto que hubiera sido el que dicha instancia modificara el dictamen que le negaba seguir cobrando como los grandes. Él conocía a la perfección el olvido absoluto del derecho y la ética política que imperaba en las formas de gobierno mexicanas y su decisión de vencer o morir era inapelable pues nunca se imagino que por ignorar dichas cualidades, alguna vez se le iban a revertir en su contra.
Se imaginó despojado de su fuero y tembló. Ahora, ¿que le diría a sus vecinos, amigos, familiares quienes tendrían que dejarlo de llamar "diputado"? "Amigos, ¿qué creen? pues que vuelvo a ser Jorge, lo que pasa es que perdí las elecciones" se imaginaba justificándose y un aire caliente le recorría el pecho; una agridulce sensación se instaló en su boca más seca que pastizal en invierno.
No sería más diputado. Cruel destino que lo devolvía a la deslucida existencia de un simple mortal. La idea le taladraba la conciencia a él que había participado con su presencia, voto y firma en el histórico decreto que reformaba de una vez y para siempre el artículo 49 Constitucional, en aquella hermosa mañana de 1937 cuando el presidente Lázaro Cárdenas decidió dividir, para su ejercicio, al Supremo Poder de la Federación en tres: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Sentía a dicho artículo como hijo suyo y a la labor de legislar como parte de su vida. Decirle adiós a los lujos, las comodidades, a la idea de llegar a ser senador, y, ¿por qué no? presidente municipal e incluso gobernador de su Estado, lo atormentaban.
Decíamos que Meixueiro subió a la Tribuna para intentar defender su triunfo pero todo fue inútil. El tal Neri y demás diputados ya asignados celebraban cuando el disparo de la calibre 38 los silenció. Hay versiones que señalan que antes de disparar, en su discurso de despedida (literal) don Jorge afirmó que sabía que con su propuesta "iba a picar una montaña con un clavo o a derretir con un cerillo la nieve de un volcán...". Otra fuente afirma que antes de tirarse a matar dijo: "En vista de que el señor candidato Neri es recomendado de secretario Maximino voy a dar mi último argumento: ¡bang!".
Ni hablar. De las poco más de 15 mil personas que han estado en la cámara de diputados en más de 100 años de historia, Jorge Meixueiro, aunque fuera orillado por la desesperación, será recordado por cumplir una de sus promesas. Aunque esta lo haya llevado a la tumba.