A la Memoria de Carlos Loret
de Mola Mediz, con una losa de
un
cuarto de siglo de impunida
La impunidad mantuvo y extendió su reinado a partir de 2000, cuando tantas voces
hablaron de cambio mientras negociaban una tranquila transición política en pro
de la continuidad, bajo una derecha incapaz siquiera de honrar a sus propios
muertos. Con esta dualidad, entre sus viejos reclamos y las nuevas
justificaciones, quienes integran el régimen panista, extendido ya a más de una
década en ausencia ostensible de resultados, optaron por festejar los fastos del
bicentenario insurgente y del centenario revolucionario sólo insinuando
señalamientos bizantinos, detrás de bambalinas siempre y sin sello oficial, para
intentar raspar a los caudillos incómodos. Sólo eso, agobiados por las
interrelaciones con las mafias que jamás habían avanzado tanto como ahora.
Hace poco más de un año, pregunté al diputado sinaloense, Manuel
Clouthier Carrillo -"2012: La Sucesión", Océano, 2010-, si el expediente
judicial sobre la muerte de su padre, el célebre "Maquío", estaba cerrado pese a
múltiples conjeturas y lagunas en la investigación. Y respondió:
--Nunca
he dejado de tener sospechas, fundadas, sobre el supuesto accidente.
Sin
embargo, veintiún años después de aquel suceso, y con diez años de panismo en el
ejercicio presidencial, el gran icono de la derecha no ha sido redimido. La
versión gubernamental, sellada hasta hoy como si los candados del tiempo fueran
parte de las complicidades extendidas para no agitar las aguas, insiste en un
fatal choque de su vehículo con un carguero, entre Culiacán y Mazatlán, a la
altura del kilómetro 158 de la rúa México-Nogales. Con el ex candidato
presidencial pereció también el entonces diputado Javier Calvo Manrique. Desde
esa fatal jornada, la familia Clouthier guarda y repasa sus "dudas razonables".
Y no ha podido pasar de esta línea.
Fue notoria, eso sí, la
precipitación con la que el vocero panista, nada menos Carlos Castillo Peraza
quien después se convertiría en figura central e ideólogo relevante de su
partido hasta 2000 cuando optó por alejarse meses antes de su muerte en Bonn,
pretendió dar carpetazo a cualquier especulación sobre un posible atentado. Sin
tener datos duros, Castillo sencillamente avaló la historia gubernamental,
renunció a cualquier tipo de indagatoria y obviamente a denuncia alguna, para
continuar su andar muy de cerca, siempre a la derecha, de Carlos Salinas.
No es el único caso, claro. Podríamos enlazar, en una suerte de hilo
conductor para asomarnos al balcón de la impunidad, los "accidentes" claves en
los que nadie cree por cuanto a las tortuosidades de los hechos y el nivel de
las víctimas. Citemos algunos casos: José Ángel Conchello, José Luis "la calaca"
González -muerto, en apariencia perseguido sobre una moto en las inmediaciones
de Avándaro, cuando Marta Sahagún le había alejado definitivamente del club de
amigos incondicionales-, Rubén Martín Huerta y Juan Camilo Mouriño. Para
negociar, es mejor, desde luego, sostener las versiones oficiales que hablan de
fatalidades inoportunas, crueles. Nada más. Porque cualquiera otra cosa atenta,
aseguran, contra la estabilidad fundamentada en los arreglos soterrados con los
grupos dominantes, igual ayer que hoy.
Y tal es la monserga que
persiste. No hay poder decidido a pasar sobre las consignas, los prejuicios, los
arreglos oscuros y los rastros ignominiosos de cuantos han ejercido el mando y
protegieron sus espaldas al ungir a sus sucesores. Callan, distraen la mirada,
se alzan de hombros... y se mantienen en los corrillos políticos al amparo del
erario y la desvergüenza. Si hasta los genocidas pueden eludir la ley -tal el
caso del anciano Luis Echeverría-, ¿qué puede esperarse de la justicia en la era
de los gobiernos vulnerables, temerosos y paralizados? Cada que hago esta
reflexión me subleva el pensamiento. Y me aterra no poder hacer más.
Dos
de los hijos de "Maquío", optaron por renunciar al PAN. Primero Tatiana, quien
se alejó del partido que abanderó su padre por divergencias con la designación
presidencialista de Manuel Espino Barrientos bajo la férula de los "demócratas"
Fox; y después Manuel, el primogénito, más recientemente, apenas hace un año,
para marcar distancias respecto a Felipe Calderón y su sectario combate a un
sector del narcotráfico en el que no figuran los grandes "capos" sinaloenses
encabezados por Joaquín "el chapo" Guzmán. Esto es, sin referentes al severo
cuestionamiento sobre la posibilidad de una conjura criminal contra el "Maquío".
Él, claro, hubiera actuado de otro modo.
A la derecha, al parecer, le
estorban sus propios héroes civiles. Son conciencias que pesan una barbaridad
cuando llega la hora de compartir gobierno por encima de las ideologías, tal y
como se ha dado con las alianzas turbias y la reciente declinación del candidato
panista al gobierno de Guerrero, en medio de un lodazal siniestro, cinco días
antes de una jornada electoral viciada de origen, dirimida entre dos priístas,
uno de ello con disfraz.
Sin duda, la mayor víctima de la impunidad, a
través de todos estos años, ha sido la democracia.
Mirador
Carlos Loret de Mola Mediz, mi padre, llevó siempre el periodismo como
tejido vital. Para él la política fue un paréntesis efímero, de tres lustros en
los que fue diputado, senador y gobernador de Yucatán, de manera consecutiva y
sin pausa, sin que por ello perdiera su esencia. Aun en su condición de
mandatario, se permitía, él mismo, redactar sus propios boletines de prensa,
realizar enlaces radiofónicos y televisivos, conducir programas especiales en
defensa de la soberanía yucateca -como cuando Echeverría pretendió privilegiar a
su entenado David Gustavo Gutiérrez Ruiz, colocado como virrey de Quintana Roo-
y responder, uno a uno, los "remitidos" -denuncias ciudadanas se llamarían
ahora- del influyente Diario vernáculo.
Cuando el destino lo llevó a
explorar la escarpada sierra de Guerrero, en febrero de 1986, viaje del que sólo
regresó su cadáver, llevaba en el alma la convicción sobre una monumental
traición desde el poder, protagonizada por el deplorable Miguel de la Madrid.
Por ello -y ahora lo subrayo una vez más-, sostuvo reuniones que él consideró
"claves" con algunos personajes de la época, entre ellos Javier García Paniagua
y Joaquín Hernández Galicia, "La Quina", intentando hacer presión sobre el
mandatario para que corrigiera el rumbo sin consumar, como finalmente ocurrió,
la entrega a una nueva secta de funcionarios, los neoliberales que abrieron de
par en par las puertas de Los Pinos al capital del exterior y a sus aliados y
prestanombres mexicanos. Luego llegaría la derecha a la casona presidencial.
Esa fue la circunstancia que marcó el abyecto crimen. Y todavía viven,
con cinismo inaudito, algunos de los principales personajes de la trama: el ya
mencionado De la Madrid, oscuro en su decrepitud, Emilio Gamboa, el entonces
joven fundador de la "cofradía de la mano caída", y el siniestro Manuel
Bartlett, señor que fue de Bucareli, arrimado a la izquierda, a la que tanto
igualmente afrentó -no se olvide 1988 y los asesinatos de 260 líderes sociales y
políticos-, sin haber sido siquiera citado judicialmente para responder por lo
que sucedió en "El Filo Mayor" sino también por el asesinato de Manuel Buendía
dos años atrás, en 1984, del que igualmente pudo ser fragua.
Por
desgracia, México sigue sitiado por la impudicia y la traición. Quizá por ello
la impunidad reina sobre un conglomerado a veces manipulado, otras afrentado,
que cae frecuentemente en el marasmo de la amnesia. Valga por ello este
recordatorio, doloroso siempre para este columnista que, para su infortunio, no
puede ni quiere ni debe olvidar.
Polémica He alzado la voz
decenas de veces y nadie ha querido escuchar. No han sostenido su palabra
cuantos, en ejercicio de cargos públicos, ofrecieron reabrir los expedientes
respectivos convencidos de que había bastante más que "dudas razonables" sobre
la desaparición física de Don Carlos. Desde presidentes de la República -en
especial, Salinas-, hasta procuradores y comisionados de derechos humanos. Al
final, sólo fueron farsantes.
En lo personal me agobia, un cuarto de
siglo después, no haber podido honrar la memoria del hombre a quien debo todo lo
que soy, mi profesión y mi destino. Sigo con las manos vacías y eso eleva mi
profunda desazón por tantos inútiles empeños. Debí haber hecho más, lo admito,
pero las puertas jamás se abrieron. Menos mal que otros, desde la lucha civil,
lo han logrado siquiera para atemperar la ominosa injusticia de las ausencias
que, paradójicamente, son presencias permanentes en nuestras conciencias.
Todavía no puedo mitigar mi sed de justicia. Pero todavía estoy aquí,
ante el teclado que es extensión del espíritu. Cuando menos, miles de lectores y
muchos más mexicanos no creyeron ni creen en la vergonzosa falacia del
"accidente". Les pido a los míos, a quienes están cerca y también a los que se
han alejado, no olvidar. Tal es nuestro deber de conciencia.
Por las
Alcobas El último desplante lo sufrí hace unos meses. En Mérida, capital
yucateca con personalidad propia, abundan calles, parques y hasta urbanizaciones
que ostentan nombres de fraccionadores y hasta de donadores millonarios apoyados
por las jerarquías políticas y religiosas. Y por allí hay una calle que eleva al
cacique extinto, Cervera, a un nicho injustificado. Su sobrina, la gobernadora
Ivonne Ortega, se refugia en él como extensión de una pequeña tiranía que será
repudiada por la historia.
Le dije a la mandataria que ya era de cerrar
heridas, subsanar politiquerías e integrar a todas las corrientes de pensamiento
al núcleo fuerte del yucatanismo. Que era justo honrar la memoria de Don Carlos
a quien hasta sus adversarios le reconocen como el mejor gobernador de la
entidad. Y me aseguró que así sería. Pero, claro, nada hizo. Es la sobrina y al
estatus reflejo se debe. Pero, como el cacique, pasará... y quien esto escribe
mantendrá su trinchera.
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