Felipe
Calderón se fijó, como objetivo central de su gobierno, la creación de empleos.
Lo hizo sin el menor rubor aun cuando la administración foxista, proveniente del
mismo partido, cargaba el lastre de la ineficacia en el renglón como
consecuencia de una política dispuesta para privilegiar la especulación y la
llamada macroeconomía, la de los grandes capitales, en detrimento de los
equilibrios sociales básicos.
En campaña, Calderón no se asumió como defensor
del gobierno, tampoco fue su detractor, insistiendo en la promoción del trabajo
como elemento sustantivo y crítico por los rezagos evidentes. Era un discurso
con valores entendidos.
En diciembre de 2006, luego de la accidentada
asunción de Felipe a la Primera Magistratura, la tendencia no varió. Según las
estadísticas del INEGI, no siempre impolutas por su condición oficial, durante
los treinta y un días del último mes de 2006, el de los sacudimientos políticos
extremos y la recurrencia permanente de la demagogia para atemperar los ánimos
exaltados, se perdieron en el país, nada menos, 134 mil 400 fuentes de trabajo,
una de las cifras más altas de los últimos tiempos y prueba fehaciente del
desacertado rumbo señalado por la derecha incapaz de desprenderse de aquellos
aliados que fueron también cómplices del viejo régimen, esto es casi todos los
integrantes de la cerrada cúpula de los triunfadores listos a alcanzar la gloria
de los primeros sitios entre los mayores multimillonarios del planeta.
Las distancias, por supuesto, se han ahondado dramáticamente y ello, por sí,
significa no sólo una calificación reprobatoria para el primer régimen surgido
de la alternancia sino también una severa condena histórica: si el prometido
cambio no matizó las tremendas desigualdades de clase y, por el contrario, las
ahondó, ¿es factible esperar una sentencia feliz para quienes convirtieron las
funciones públicas en tareas gerenciales al servicio de los poderosos, esto es
de la nueva aristocracia mexicana? Hablamos de hechos y de cifras avaladas por
el propio sector público.
Por supuesto sería torpe abonar a la
administración de Calderón la tendencia hacia la baja en materia de empleos. Es
obvio que el nuevo régimen sólo ha tenido tiempo para intentar alternativas y
poner en práctica algunos correctivos que permitan detener la caída y atemperar
la irritabilidad colectiva, sobre todo la desesperanza y la frustración que son
frutos, claro, de la recurrente demagogia con la cual se dibuja un horizonte
pleno -¿recuerdan los mensajes publicitarios de los Fox o ya los olvidamos?-
sobre una realidad obviamente distinta y agobiante.
Lo que sí debió
hacer el nuevo mandatario es colocar los cimientos del nuevo edificio del empleo
exhibiendo el andamiaje podrido de la especulación alentada por su antecesor. De
no hacerlo persistirá la idea de que la decantada continuidad implica igualmente
el sostenimiento de las políticas que abrieron más la brecha entre unos pocos
ricos-socios y una mayoría de pobres obligados a aceptar sueldos miserables con
tal de tener alguna ocupación en un entorno en donde las oportunidades menguan
si bien se amplían los réditos de los inversionistas. Una relación acaso eficaz
en el terreno económico pero evidentemente inmoral en el plano social.
De continuar la tendencia marcada estaremos hablando de una pérdida anual de
empleos cercana a un millón 600 mil plazas. ¿No debía ser al revés de acuerdo a
lo prometido por el farsante de San Cristóbal, beneficiario directo de la
impunidad?
DEBATE
Durante sus viajes a Davós, Suiza, en donde cada
doce meses se fijan los derroteros económicos que para algunos son "candados",
Calderón ha hecho escalas en Gran Bretaña, Alemania y España, tres naciones
claves del viejo continente, por su solidez económica y su despegue
espectacular, para las expectativas de desarrollo en Latinoamérica.
Recuérdese
que cuando Carlos Salinas, en 1989 y durante su primer año de gestión
presidencial, miró hacia el mismo sitio no tuvo la respuesta esperada a causa de
los tremendos sacudimientos que siguieron a la caída del muro de Berlín -luego
de la cual debió abrirse Europa occidental para integrar a la oriental-, y la
desintegración de la Unión Soviética, el último de los contrapesos frente al
poderío norteamericano.
Intentar de nueva cuenta llamar la atención de
los europeos buscando alientos financieros importantes -por allí podría comenzar
el imperativo de "sembrar" empleos-, podría significar mayores presiones por
parte de la hegemonía estadounidense cada vez más celosa de cuanto hacen o
pretenden sus naciones satélites. No se soslaye el hecho de que, por ejemplo,
las políticas estatizadoras en el sur del continente han sido lesivas sobre todo
para los consorcios europeos y en concreto los españoles. A Evo Morales le
observan en España como si se tratara de uno de los "mayas" de Mel Gibson -esto
es sin más valor que el sanguinario a despecho de la cultura, la creatividad y
la ciencia de un pueblo grande y maravilloso-.
El reto para Calderón
estriba en encontrar rutas por donde caminar sin encontrarse con los escollos
estadounidenses. Salinas, en su momento, no tuvo más opción que plegarse.
Recuérdese que, tras su primer periplo europeo a unos meses de su asunción
presidencial, acabó proponiendo, como era el proyecto de Bush padre, la
consolidación de un mercomún entre las naciones de América del Norte sin soslayo
de las tremendas asimetrías entre Canadá, Estados Unidos y México; luego, el
propio mandatario corrigió, solicitando no hacer eco ni más ruido sobre aquella
declaración ligera, para concentrarse en la elaboración del Tratado de Libre
Comercio. En la perspectiva europea sería necesario ratificar el acuerdo
entre México y la Unión que fue signado al final del periodo de Ernesto Zedillo.
Quizá éste sea uno de los objetivos de Calderón quien, al iniciar su trayecto,
invitó a comer a Los Pinos al ex presidente que creó las condiciones, por su
negativo acento social, para el justo reclamo a favor del cambio. Le llamé
entonces el gran simulador. Y tal calificativo, sin duda, también merece ser
ratificado. Más aún cuando los encuentros entre él y el mandatario en funciones
siguen dándose sin el menor rubor en ambos.
EL RETO
No se nos
olvide la llamada "cláusula de democratización" que ahora algunos analistas
pretenden soslayar o ignorar. No faltan quienes, incluso, insisten en que ni
siquiera existe. Lo curioso del asunto es que, más allá de las especulaciones,
los elementos se dieron, como se previó, en pro de la alternancia aun cuando
ésta no significara revulsivos mayores. Es decir, los efectos confirmaron la
causa y tal es una realidad incontrovertible. Por la tal cláusula, el
Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea quedó formalizado pero sin
sustento práctico. ¿Y los sexenios del PAN, entonces, para qué han
servido?
LA ANÉCDOTA
En la última semana de abril de 2006, Felipe
Calderón, exultante porque le habían decretado vencedor del primer debate entre
los candidatos presidenciales, visitó Guanajuato. Durante su escala en San
Miguel de Allende, en donde no se vieron más que ancianos, mujeres y curiosos a
falta de campesinos en edad productiva, pidió a la multitud:
--Vamos a
ver. Levanten la mano quien tenga un familiar trabajando ahora en los Estados
Unidos. La respuesta fue casi unánime: la plaza principal de la ciudad que
es fragua de la Independencia se cubrió de brazos en alto.
--Pues vamos
a trabajar para que no se vayan y se queden aquí. Por eso seré el presidente del
empleo. Lo que no dijo Calderón es que en Guanajuato ya no puede
señalarse al ominoso pasado priísta para exaltar todos los reclamos: el PAN está
en el poder estatal desde 1991, tres lustros ya, y además ya lleva un sexenio
completo, más dos años y tres meses, en la Presidencia de la República. Si se
mira hacia atrás la senda es azul hasta muchos, muchos kilómetros atrás.
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