"Neque
dicent ecce hic aut ecce illic ecce enim regnum Dei intra vos est."
Jesús
de Nazareth
Para mí Jesús era un poeta pero inmensamente
grande. Era el príncipe de los poetas. Lo sigue siendo. El hace poemas con la
luz de la luna, con las nubes del atardecer, con el canto de las estrellas.
Jesús era un hombre que le gustaba reír,
que se divertía haciendo felices a los demás, con sus bromas, con sus juegos de
palabras, con su inteligencia, con sus canciones, (le gustaba cantar).
Era el hombre más caballeroso, amable,
sensible y gentil que hubo pisado el planeta.
Entusiasta, siempre
retando al pensamiento común. Que valoraba y regalaba pequeños detalles y que
no se le escapaba ninguno.
Era también el maestro del silencio. Ya que
en el silencio podía acceder a sus emociones y hablar con el Padre, y escuchar
los latidos de su melancólico corazón.
No era tan serio como lo pintan, él era la
dicha y la felicidad misma. Pero tenía carácter fuerte y la palabra precisa y
el abrazo perfecto con los que comunicaba su amor.
Lo importante tal vez no sea cómo o a que
dios adorar, sino que esa devoción se vea reflejada más que en las palabras, en
los actos, en las acciones y en los hechos, siempre recordando que somos
humanos y por ende imperfectos y que
nuestra naturaleza nos hace y nos hará tropezar una y otra vez. Pero siempre
teniendo presente que el "ser humanos" no es un pretexto para ejercer
libremente nuestros actos sin pensar en el perjuicio que causamos en los otros.
Comprendamos y aceptemos que en realidad somos la misma moneda, inseparable,
indivisible, somos la cara y la cruz, el bien y el mal, ni blancos ni negros,
solo grises.
En esta ocasión especial como lo es la Semana Santa, quiero compartir
con ustedes un texto muy bello y profundo de una amiga a la que quiero mucho,
mi compañera espiritual Agot Pier Nirés, entidad huidiza de Nowhereland.
Los
pecados del mundo
Sabemos que pecamos cuando vivimos
perseguidos por sombras que nos desconciertan. Sabemos que pecamos cuando
sentimos el corazón como un pedacito de carne que se desgasta con cada latido.
Reconocemos las garras del infierno
personal que se avecinan para terminar de hurtar la inocencia, la belleza,
algún entusiasmo. La inquietud es un beso de dios que nos impide olvidar que
algo no anda bien. Lacera con fuego cada partícula del cuerpo, cada estancia
escondida del alma. Así es como los guardianes de lo eterno nos regalan el
manto de nuestra noche oscura.
En esa noche todas las teorías pierden
sentido, la identidad naufraga, los sueños se hacen puntos brumosos de luz en
medio del océano de la nada, el amor se vuelve concepto. Los ojos no atinan más
que a perderse en el cielo. Y el cielo es terrible cuando llora.
Es necesario ser demasiado valientes para
entregarnos al amparo de una mano de afecto, porque incluso esta mano arderá.
Al lugar al que conduce no se puede acceder sin haber muerto. Y morir de forma
lúcida es la más penosa y noble de las tareas. El supremo de los designios.
Antes no se puede amar completamente, aunque se pretenda.
Sabemos que pecamos porque huimos. Pecamos
porque odiamos de formas muy sutiles. Pecar no es ofensa contra Dios, no es
rebeldía. El pecado es el pan de nuestra propia carne que habremos de probar
para asomar alguna vez a lo que realmente es la vida. El pecado es humano, es una posesión que hay que reconocer para
poder purificar. No solos, claro está.
1 El Lunes, 05/Abril/2010 12:44 pm Dario Conde dijo:
Que bello texto y concuerdo con usted de que no importa cual es la creencia que tengamos, sino que esas creencias se traduzcan en los hechos. Felicidades
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